A finales del s. XVIII empiezan a esbozarse en España tímidas reformas para superar el atraso científico, que quedan paralizadas durante la Guerra de la Independencia, por eso, la etapa de 1808 a 1833 es llamada período de catástrofe. Mientras que la matemática en Europa evoluciona con rapidez, en España el problema que más nos ocupa es la utilización del sistema métrico decimal; y no hay más publicaciones que las destinadas a la enseñanza o a la técnica.
Sin embargo comienzan a crearse nuevas instituciones educativas y científicas, como las Escuelas de Ingenieros, las Escuelas Normales, los Institutos de Segunda Enseñanza, la Real Academia de Ciencias de Madrid
También se promueven reformas en la enseñanza (Plan Pidal, 1845. Ley Moyano,
1857).
Con la Revolución de 1868 se hace efectiva nuestra recuperación científica, de modo que el sexenio democrático (1868-1874) es uno de los más fecundos. A pesar de ello, al final del siglo hay signos evidentes del atraso y la incultura de la sociedad española.
Hacia 1875 nuestra matemática lleva medio siglo de atraso respecto de la que se hace en Europa, y ante esta situación se impulsa la traducción y adaptación de textos extranjeros. Así se va teniendo acceso a la matemática internacional aunque, lamentablemente, no siempre fuéramos capaces de seguir a su propio ritmo los cambios experimentados. En este período, en las universidades de Barcelona, Madrid y Zaragoza comienza a percibirse una cierta actividad matemática.
En esta labor de difusión destacan por encima de todos José Echegaray, Zoel García de Galdeano, Eduardo Torroja y Ventura Reyes: los llamados sembradores. Echegaray, eminente ingeniero de caminos, también físico-matemático, ministro de Hacienda, dramaturgo y Premio Nobel de Literatura; junto a Torroja, patriarca de una dinastía de ilustres académicos, matemáticos, ingenieros y astrónomos, realizan su función de magisterio desde la Universidad de Madrid. Galdeano funda en Zaragoza la
primera revista española dedicada a las matemáticas, El Progreso Matemático.
Reyes es el único que en el siglo XIX publica algún pequeño artículo en una revista extranjera matemática de prestigio.
El impulso de renovación científica que tiene lugar a finales del siglo XIX, no fue como un hecho aislado, sino que ha de considerarse dentro de un movimiento más amplio de regeneración nacional, que suele englobarse bajo el epígrafe de Generación del 98, aunque generalmente se le acostumbre a asociar tan solo con su repercusión literaria